La gran olla paceña
Con recelo y sin esperar demasiado llegamos a La Paz. Después de tanto oído y leído sobre Bolivia, estas precauciones nos han acompañado durante gran parte de nuestro viaje por el país andino, hasta que por fin, conseguimos desecharlas y convencernos de que nos sentíamos muy a gusto en este pequeño-gran país bañado por el Titikaka.
La Paz, con su bonito nombre, el Illimani de fondo y su empinada geografía nos ayudó a quitarnos esta prejuiciosa espinita y sentirnos muy a gusto. Nada más desembarcar en la terminal de autobuses arrastramos nuestras mochilas entre el caos del tráfico y peatones de primera hora de la mañana, empeñados en buscar por nuestra cuenta un buen sitio y barato para alojarnos. Al final, nos rendimos al ver las verticales cuestas que nos separaban de nuestro objetivo, y paramos un taxi, para que nos echara una mano o unas ruedas.
La actividad de La Paz imprime dinamismo al que se une a su fluir diario, eso sí, sin dejarse arrastrar. En La Paz hemos paseado por el Mercado de Hechicería, donde hoy se combina la orientación turística con los fetos de llama y cualquier remedio natural que uno pueda imaginarse, y donde siguen acudiendo los paceños en busca de ungüentos.
Para huir de las zonas más turísticas, hicimos caso a la recepcionista de nuestro hostal y nos fuimos al Restaurante Tunupa (835 Av. Sucre), donde comimos uno de los menús completos más baratos y más sabrosos de los últimos meses. (Almuerzo por 13 BOL = 1,20€).
Animados por lo cómodos que nos sentíamos sorteando puestos de vendedoras plantadas en medio de la acera, cruzando calles atestadas de humeantes vehículos, y subiendo y bajando cuestas de la olla paceña, hasta nos integramos en la cotidianidad de la capital, realizando algunos trámites burocráticos como la confirmación de uno de nuestros vuelos de RTW.
Y bueno sí, hay un poco de contaminación ambiental y acústica en La Paz, pero después de Mumbai esto es casi una broma. Aunque si alguien se agobia, un buen remedio es irse a dar una vuelta por la calle Jaén, antiguamente llamada Kaura Kancha o mercado de llamas. Después de ser lugar de trato de camélidos, esta calle es hoy un bonito y pequeño recuerdo colonial donde se puede tomar un café orgánico en bares alternativos como el Etnö Café (Jaén, 722), donde nos amenizaron la lluviosa tarde con el último disco de Rammstein.
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