Mc LeodGanj, o el ‘spa’ indio

En la década de los 50, después de la ocupación China, el Dalai Lama inició un exilio que dura hasta nuestros días. Un pequeño pueblo unos kilómetros al norte de Darhamsala, McLeod Ganj, es donde instaló su residencia y el Gobierno Tibetano en el Exilio. Desde entonces numerosos tibetanos siguieron sus pasos creando un pequeño pueblo tibetano dentro de India.

Banderas tibetanas en McLeodGanj

Banderas tibetanas en McLeodGanj

La tranquilidad de sus calles y el enclave montañoso donde se encuentra lo convierten en un lugar ideal para relajarse. Cuando llegamos nos encontramos que apenas había tráfico por sus calles (ni bocinazos), que no te acosan indiscriminadamente para venderte algo, ni una jauría de indios quiere llevarte en rickshaw a alguna tienda de joyas.

Durante los días que pasamos en McLeod Ganj recargamos las pilas, aunque no hiciéramos ningún curso de meditación o de yoga que se ofrecen por todos los lados. También es posible aprender tibetano con la ayuda de profesores nativos o cambiar por unos días la dieta india y disfrutar de unos platos tibetanos deliciosos (no dejéis de probar los Momos fritos o al vapor).

Julio en la rueda de oraciones

Julio en la rueda de oraciones

No hay opción para aburrirte en McLeod Ganj, puedes visitar el Museo del Tíbet donde se explica el exilio tibetano, Tsuglagkhang, que hace las funciones del templo Jokhang de Lhasa, para los allí expatriados, ir de excursión a ver la cascada camino a Bhagsu, subir a pasear por el sagrado lago Dal (no siempre tiene agua) o visitar La Escuela de Niños Tibetanos. Eso sí, todas actividades relajadas, pues en este pueblo no hay sitio para el stress.

Tomando un té en alguna de sus terrazas o paseando por sus calles puedes cruzarte con numerosos monjes. Y nos sorprendimos de ver la cantidad de occidentales que se encontraban entre ellos. ¿Qué les habrá pasado para que cambien su vida occidental, se pongan una túnica púrpura y se conviertan en monjes en un pueblo tibetano del norte de India?

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Si notas que tu vida pasa volando y la consideras una aburrida monotonía, pisa el freno. ¡Arriésgate! Cambia algo y verás como se anima el cotarro.

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