Despedida en Río
Cagados de miedo llegamos a Río de Janeiro, nuestra última escala antes de la vuelta a casa. Las numerosas advertencias sobre seguridad que leímos en las guías nos metieron el susto en el cuerpo. Que si salías del hostal no llevaras objetos de valor, por la noche no tomar jamás un autobús, en la playa andar con mil ojos y miles de consejos más convertían a Rio en la ciudad de veraneo de Mad Max.
Llegar de madrugada a una perdida estación de autobuses y tener que pillar un autobús cargados de maletas además de bautismo de fuego nos permitió ver como despertaba Río, que no dejaba de ser una gran ciudad de estética setentera esparcida entre montañas sacadas de un capítulo de Dragon Ball.
A partir de ahí en Río no tuvimos tiempo para el aburrimiento ni para las depresiones de final de viaje porque cuando no estábamos visitando algún “imperdible” como el Pão de Açúcar o el Cristo de Corcovado, paseábamos por las playas de Copacabana e Ipanema buscando algún chiringuito donde hincharnos a caipirinhas baratas frente a una puesta de Sol.
Río de Janeiro fue un gran final de viaje. No visitamos ninguna favela ni tomamos clases de capoeira porque hay que dejar algo como excusa para volver, así podremos repetir una noche de fiesta por el barrio de Lapa de chiringuito en chiringuito celebrando que empezamos otra vuelta al mundo.
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